Sobre Mí

Mi nombre es Eva Murga, soy psicóloga clínica, docente universitaria y magíster en psicoterapia psicoanalítica intersubjetiva UC; me dedico a apoyar terapéuticamente a mujeres que quieren reconciliarse con su cuerpo (¡y consigo mismas!), cambiar sus hábitos y sanar su relación con la comida.

¿Por qué me dedico a esto?

Siempre he sentido que me dedico a “sanar” a otros porque en cada uno de ellos sano un pedacito de mí misma y del mundo <3

Acá te cuento mi historia

Mi nombre es Eva Murga, soy psicóloga clínica, docente universitaria y magíster en psicoterapia psicoanalítica intersubjetiva UC; me dedico a apoyar terapéuticamente a mujeres que quieren reconciliarse con su cuerpo (¡y consigo mismas!), cambiar sus hábitos y sanar su relación con la comida.

¿Por qué me dedico a esto?

Siempre he sentido que me dedico a “sanar” a otros porque en cada uno de ellos sano un pedacito de mí misma <3

Acá te cuento mi historia

Desde muy niña me vi obligada a validarme por mi intelecto y no por mi cuerpo, porque siempre me sentí un “patito feo”… nunca tuve curvas que mostrar ni fui especialmente atractiva por mi físico. Además, crecí con la sensación de que las mujeres de mi familia siempre hemos tenido pésima autoestima y una relación poco sana con nuestros cuerpos.

Pasados mis 30, aún sin hijos, y después de muchos años de ignorar y descuidar mi cuerpo, me encuentro frente a mi doctor diciendo “con estos exámenes ya no estás resistente a la insulina, estás diabética”.

Sentí que mi futuro se desmoronaba frente a mí, me recriminé… pensé que tal vez no podría ser madre un día, pensé en todo el tiempo que no me hice cargo de mi cuerpo, que es una parte de mí que siempre ha sido incómoda… incómoda por sentirme siempre un patito feo, incómoda porque cuando nací las primeras palabras de mi mamá fueron “ay, que feita mi niñita” y tuve que crecer fingiendo que me parecía tan gracioso como a ella…

Y pensé entonces que mi cuerpo no sólo ha sido una parte “incómoda” de mí, sino más bien dolorosa… dolorosa porque era flaca cuando mis amigas tenían curvas, porque mi hermana menor tenía más “pechugas” que yo y ella y mis primos ser reían de mí por eso… porque primero dolía ser flaca y luego empezó a doler “ser gorda”… porque esa grasa abdominal rebelde hacía que me odiara a mí misma, porque en mi adolescencia pasé un año comiendo sólo manzanas y leche y nadie en mi casa lo notó… porque después de tanto odio hacia mi cuerpo decidí ignorarlo… así fue más fácil y menos doloroso… me di cuenta que por años habité el intelecto porque ahí me querían, porque ahí me apreciaban, porque ahí había un valor en mí del que nadie se burlaba, con el que no me sentía “menos” que la del lado, en el que podía olvidarme de este odioso cuerpo y justificarlo con frases tipo “sólo el interior es lo que importa” mientras lo descuidaba.

Entonces me di cuenta y pude ver con claridad el camino autodestructivo que había recorrido, reconectar con el mismo dolor, que seguía intacto, de odiar mi cuerpo y no aceptarlo… pude ver con claridad también la tonelada de excusas por las que no lo había cuidado durante tanto tiempo… y cuando digo cuidar no me refiero a cuestiones superfluas, sino a cuestiones fundamentales para vivir sana y ser feliz, como es darle a mi cuerpo una alimentación de calidad, actividad física, recreación, luz del sol, oxígeno… felicidad. Me di cuenta cómo había cosificado mi cuerpo, exigiéndole que tan solo me fuera “útil”, pero disociándome de él. Me di cuenta incluso de que esta actitud impactaba profundamente mi estilo de vida y mis prioridades.

Es en este punto de mi vida que aproveché mi mejor herramienta: mi intelecto. Comencé a buscar información, leer estudios, comprar libros y cursos online sobre cambio de hábitos, alimentación saludable, nutrición emocional, amar el cuerpo, etc. Todo me pareció “interesante” y “fascinante” pero hasta entonces no lograba que fuera más que “conocimiento” e “información”.

En medio de esta búsqueda, por una sincronía del destino, me llamaron de una escuela de nutrición para participar haciendo clases en un “diplomado de obesidad” y luego dirigir una tesis sobre trastornos de alimentación. Junto con eso, me contactó una nutricionista para invitarme a trabajar con ella de manera interdisciplinaria. En ese momento sentí que el universo me enviaba una clara señal. Justo ahora, justo en este instante, la “nutrición” llegaba a mi vida desde todos los frentes.

Decidí tomar el desafío. Eso me llevó a “enseñar” aquello que yo misma necesitaba aprender, porque “el que enseña aprende dos veces”. Sentí que era muy valioso lo que podía aportar, no sólo por mi conocimiento como psicóloga -lo que evidentemente era súper importante para el acompañamiento de las pacientes en tratamiento- sino también porque esta experiencia personal profunda me permitía empatizar con los procesos mentales y emocionales que mis pacientes habían vivido y los que estaban atravesando en medio de su transformación… porque tenía algo en común con todas ellas: siempre me sentí fea, por años no cuidé mi cuerpo y también tuve que aprender a quererlo, respetarlo y cuidarlo.

En la consulta, al ver mujeres súper valiosas no siendo capaces de valorarse ni de apreciar todo lo bueno que hay en ellas ¡me despertó el alma! ¡quería ayudarlas! ¡quería que vieran lo que yo veía! Que son bacanas, lindas, inteligentes… que los esterotipos comerciales son sólo eso, estereotipos, y no tienen ninguna relación con su valía… que son fuertes y valientes y pueden enfrentar sus problemas de otras formas que no sea comiendo… que pueden enfrentar lo que les duele para sanarlo ¡de una vez por todas!

Entonces decidí dedicarme con pasión a ayudar a mujeres a hacer una transformación en sus vidas, poner mi vocación y mis fortalezas al servicio de empoderar a las mujeres recuperando esa misma seguridad y autoestima que yo había perdido. Crezco junto a ellas. Me nutro gracias a ellas. Y doy todo de mí para que ellas reconecten con su poder y se apropien de sus vidas.

Desde entonces cambié mi agenda: voy a pilates tres veces por semana, bailo, como dos frutas diarias, legumbres 3 a 4 veces por semana, cero gaseosas, mucha agua, medito siempre que puedo unos minutos, agradezco a mi cuerpo, lo cuido, no lo maltrato. De vez en cuando todo me cuesta, de vez en cuando hay partes de mi cuerpo que sigo rechazando, pero vuelvo al camino: agradezco, me alineo con mis valores y avanzo una vez más.

Mis exámenes mejoraron: ya no estoy “diabética”. Mis docs me felicitan, “súper buenos exámenes”, “bajaste 7 kilos, súper bien” (y los bajé sin poner el foco en los kilos, sino sólo preocupándome de cuidar mi cuerpo), mejoró mi descanso y horas de sueño, tengo más energía día a día, me atrevo a hacer cosas nuevas que antes no me atrevía porque algo dentro de mí empezó a cambiar… cambió desde adentro hacia afuera.

Hoy ayudo a mujeres a recuperar su seguridad y autoestima, reconciliarse con su cuerpo y sanar su relación con la comida, incorporando nuevos hábitos, aprendiendo a manejar la ansiedad y superando la sensación de fracaso, sintiéndose orgullosas de sí mismas y empoderadas/dueñas de sus vidas.